INGENIERO JOSÉ LEANDRO BALDOMERO FERNÁNDEZ IMAZ (1903-1911)

INGENIERO JOSÉ LEANDRO BALDOMERO FERNÁNDEZ IMAZ (1903-1911)

Entre 1890 y 1904, México alcanzó un crecimiento económico y una estabilidad política nunca vista desde su independencia, donde el sector de las comunicaciones desempeñó un papel relevante para la consolidación de la modernización económica anhelada. El gobierno del general Porfirio Díaz gozaba de buena salud gracias al sistema político que construyó a lo largo de veinte años, en el cual la nula oposición electoral¹, el fin de los levantamientos armados, aunado a su reelección como presidente y la despolitización de la sociedad le garantizaron un longevo régimen. Sin embargo, éste consistió en un sistema vertical y de carácter personalista que dependió por completo de las decisiones del presidente, quien apoyado por dos camarillas -el grupo liderado por el general Bernardo Reyes y el grupo de los científicos- gobernó de forma autoritaria.

Los contrastes no pasaron desapercibidos en los festejos del Centenario de la Independencia en septiembre de 1910, donde la majestuosidad de los edificios y monumentos construidos por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas a cargo del ingeniero Leandro Fernández Imaz, desentonaron con la agitación electoral provocada por persecución y detención del candidato Madero en San Luis Potosí y la reelección del general Porfirio Díaz. Al ser liberado, huyó a Estados Unidos, donde escribió el Plan de San Luis que convocaba al pueblo mexicano a levantarse en armas el 20 de noviembre, derrumbándose la idea de “la reelección es la paz”².

La primera década del siglo XX mostraba a un México lleno de contrastes, por un lado, había una enorme pobreza y desigualdad social y por otro mostraba los grandes avances tecnológicos del mundo en el sector de las comunicaciones. En cada una de las ciudades capitales más importantes del país se vivían grandes mejoras. Sus habitantes podían desplazarse -cómoda y fácilmente- dentro de las urbes mismas, a bordo de los modernos tranvías eléctricos que por su velocidad acortaban favorablemente los tiempos de recorrido; así como llegar a poblaciones cercanas o a su alrededor. Al intensificarse el comercio marítimo fue posible importar diversas mercancías de Bruselas, París, Londres, etc., favoreciendo así a la industria y a la actividad comercial. México exportaba materias primas: algodón, azúcar, café, tabaco, el henequén y las fibras duras, vainilla, hule, chicle, guayule; petróleo, maderas tintóreas y transferencias de metálico;³ que respondían a un contexto de crecimiento económico y de industrialización a nivel mundial. Los servicios de correos y telégrafos, a través de sus numerosas oficinas y buzones, daban respuesta eficaz a las necesidades de la población, incluyendo los muy requeridos giros postales y telegráficos tanto nacionales como internacionales; las líneas telefónicas empezaban a incrementarse. Cada día aumentaba el número de kilómetros de vías férreas, y con ello la posibilidad de seguir llegando a los sitios más alejados.

En cuanto a la obra pública, el establecimiento de mercados y rastros para el suministro de víveres fue una prioridad de enorme importancia. Asimismo, lo fueron la construcción de hospitales y clínicas, el desarrollo de sistemas de abastecimiento de agua potable y drenaje. También se puso énfasis en el recreo y el entretenimiento con la construcción de teatros, parques y monumentos simbólicos.

José Leandro Baldomero Fernández Imaz, el ministro científico

En este inicio de siglo el presidente Díaz realiza un cambio de marcados tintes políticos en la administración del país. Con vistas a la sucesión presidencial de 1904 reincorpora al poder ejecutivo el cargo de vicepresidente, inclinándose por Ramón Corral como compañero de fórmula electoral quien además era miembro del grupo de los Científicos. Por su parte, el General Bernardo Reyes –su otro posible compañero de fórmula con grandes posibilidades de sustituirlo en caso de fallecimiento- fue relevado del cargo de secretario de Guerra (1903) por el general Francisco Z. Mena, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, e incorporado a la gubernatura de Nuevo León. Reyes se sometió de forma leal a su traslado, pero apostó por organizar su propia base electoral para competir en las elecciones de 1910. Mena es reemplazado entonces por el Ing. Leandro Fernández Imaz.

La Escuela de Ingeniería, alojada en el antiguo palacio de Minería, tuvo como alumno destacado y director al Ing. Leandro Fernández Imaz. Reproducción autorizada por el INAH.

Don Porfirio tomó esta decisión sin ninguna dificultad, sobre todo después de leer con detenimiento, en su despacho presidencial de palacio Nacional, el sorprendente currículum del Ing. Fernández Imaz: egresado de la Escuela de Ingenieros donde cursó las carreras de Ingeniero Topógrafo e Hidrógrafo, Ingeniero Civil e Ingeniero Geógrafo, que lo convirtieron en experto en tendido de puentes, caminos carreteros y sistemas de desagüe. Se especializó y practicó en los Estados Unidos de América, y representó a México en ese mismo país en dos congresos. Como funcionario público, ocupó el cargo de Oficial Mayor de la SCOP en 1891; la dirección del Observatorio Astronómico de Palacio; la gubernatura de Durango como sustituto (1897); la dirección de la Casa de Moneda (1898) y la regencia de Obras Públicas y Actas del Ayuntamiento de México. También formó parte de la Comisión para el Desagüe del Valle de México.

Como académico fue director de la Escuela Nacional de Ingenieros dos veces; asimismo, maestro de Matemáticas superiores y Geodesia. Destacaron igualmente sus estudios sobre Matemáticas, Astronomía, Geodesia y Topografía.

De acuerdo con la revista El Mundo, los integrantes del gabinete de don Porfirio Díaz en su última etapa de gobernante, respondían al siguiente perfil: “administradores fríos, personalidades silenciosas, trabajadores tranquilos, detallistas, buenos sumadores, sin frenesíes, radiosos en la vida real, ajenos a la intriga, funcionando lógicamente dentro de un severo silogismo…” Algunas de estas características describen la personalidad del Ing. Fernández, y se suman a los rasgos físicos que podemos ver en algunas fotografías de su persona: esbelto, estatura regular, aseado; hombre de frente amplia, barba y bigote abundante; mirada intranquila, apesadumbrada; elegante en su vestir… todo un caballero. Esa descripción refería también al grupo de los Científicos, cuyos miembros, como Leandro Fernández, gozaban de una formación positivista en su preparación profesional y administrativa que les permitía colaborar con el régimen desde el punto de vista técnico, al que poco a poco también se le encargaron distintos puestos públicos, convirtiéndose en un grupo político.

El viernes 16 de enero de 1903 el Ing. Leandro Fernández Imaz, con 52 años y vestido impecablemente con un chaqué o traje compuesto de dos faldones por detrás que llegan hasta las rodillas, pantalón, camisa, chaleco y corbata de seda, rindió protesta de ley a las doce del día en el Salón de Embajadores de palacio Nacional como el tercer secretario de Comunicaciones y Obras Públicas. En esta área estratégica para el desarrollo del país, tenía que designarse a un experto en la materia como era el Ing. Fernández Imaz. Su esposa doña Luisa Elorriaga Guízar, y sus doce hermanos: siete hombres –entre los cuales destaca Esteban Fernández, gobernador de Durango hacia 1904-, y cinco mujeres, se sintieron muy orgullosos de él y de su nombramiento.

Gran reto representó para el nuevo secretario, nacido en 1851 en la hacienda de San Diego Mancha del municipio de Poanas, Durango, continuar, pero sobre todo mejorar -durante los poco más de ocho años que permaneció en su cargo- la labor del Despacho de Comunicaciones y Obras Públicas en lo que fue sin duda la consolidación y el esplendor del porfiriato referente a las diversas obras del ramo.

Temporada de sueños ferroviarios: La vía transístmica y la empresa del estado

La actividad ferroviaria continuó siendo la columna vertebral del desarrollo material del país y punta de lanza de las comunicaciones durante la última etapa del porfiriato. Al inicio de su administración, el Ing. Fernández recibe 15,486 km de vías férreas federales que sumadas a las realizadas por los estados y los ramales construidos por particulares daban un total de 16,754 km. El éxito económico que significó este medio de transporte contrasta con las condiciones laborales a las que se enfrentaban sus trabajadores, de las cuales tuvo noticia el secretario Fernández Imaz al asumir el cargo.

En 1903 el Ing. Fernández Imaz tuvo que enfrentar la huelga de los trabajadores de los talleres de mantenimiento (mecánicos) de la estación Ricardo Antonio del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, quienes le comunicaron mediante un telegrama fechado el 15 de abril su propósito de hacer un paro laboral contra la empresa constructora del mencionado ferrocarril, Pearson and Son Limited, por el aumento de horas de trabajo y la reducción de sus salarios decretados. Cinco días después le pidieron sirviera de intermediario entre ellos y la empresa, ésta a su vez mantuvo también informado al secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del curso del paro de actividades.

Si bien desde 1877 existieron conflictos laborales, este paro forma parte de una serie de acciones que los trabajadores utilizaron para inconformarse por las condiciones laborales en los inicios del siglo XX. Aunque duró catorce días y resultó infructuosa, ejemplifica las circunstancias que vivían los trabajadores y señala por qué México era atractivo como destino de inversión. El paro laboral de los mecánicos del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec y otras huelgas espontáneas fueron resultado, en buena medida, del crecimiento económico acelerado que, a partir de 1906, con la creación de los clubes liberales y la publicación del periódico Regeneración, así como la influencia de los movimientos obreros en Estados Unidos, activó los movimientos de trabajadores de distintas industrias, quienes en pliegos petitorios evidenciaron las duras condiciones de trabajo, los despidos injustificados, el abandono ante accidentes laborales o los sueldos que favorecían a los extranjeros. Estas demandas quedaron registradas en dos huelgas emblemáticas, en la mina de cobre de Cananea, Sonora (1906), y en la empresa de textiles en Río Blanco, Veracruz, en 1907; en ambas la respuesta del Estado fue violenta y favoreció a sus dueños, pero contagió a otros movimientos obreros que, durante la Revolución Mexicana, pelearían por su reconocimiento.

Puente sobre el río de Tehuantepec, 1903. El Mundo Ilustrado

Si bien el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec o del Istmo se terminó en 1894 bajo la administración del Gral. González de Cosío, fue en el período del Ing. Fernández cuando esta gran obra ferroviaria se inauguró formalmente en enero de 1907 después de realizarle numerosos trabajos: de terracería, sustitución de rieles y durmientes, reparación de puentes, etc. Comenzó operaciones oficialmente -en su modo de tránsito de efectos- junto con los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz que fueron modificados para que desembarcaran buques grandes y descargaran enormes volúmenes de carga. Este conjunto de obras se denominó vía transístmica, cuyo propósito fue aprovechar la ubicación geográfica como corredor económico y, al mismo tiempo, como una ruta de comercio internacional que comunicaba a los océanos Atlántico y Pacífico. Además, con la construcción del canal de Panamá en ciernes, la vía transístmica se convirtió en una oportunidad económica para el mercado estadounidense y asiático, al abreviar tiempo y recursos en el transporte de sus mercancías.

La importancia económica de la vía transístmica no fue menor. En solo cinco meses de explotación cruzaron por el Istmo 123 mil toneladas de mercancías. Un millón 972 mil pesos se habían recaudado al finalizar 1907. Para reforzar la capacidad de carga, se implementaron 210 furgones de acero para el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec al tener concertadas conexiones con 12 empresas de vapores en el lado del Atlántico y ocho en el del Pacífico.¹⁰ Esto explica que corrían diariamente seis trenes entre Coatzacoalcos y Salina Cruz en 1907 y para 1908 aumentó a ocho trenes. Por si fuera poco, el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec fue el primer tren en moverse con petróleo en lugar de carbón, aprovechando la refinería de Minatitlán que también era propiedad de la empresa Pearson and Sons.¹¹

El general Díaz y su comitiva acudieron a la estación y puerto de Salina Cruz, Oaxaca, entre los que se encontraba el secretario de Comunicaciones, el ingeniero Leandro Fernández Imaz, y otros miembros del gabinete, así como los gobernadores de los estados de Oaxaca y Veracruz, además de los representantes diplomáticos de países como Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania, entre otros. En el puerto, el presidente subió al buque de vapor Arizonian, donde se enteró que transportaba azúcar de Hawái con destino a Filadelfia, así como otras mercancías provenientes de la ciudad de Nueva York que viajaron en el vapor Lewis Lucckenbach hasta el puerto de Coatzacoalcos, cuyo destino eran los puertos estadounidenses del Pacífico. Además, le entregaron la llave de la ciudad de Coatzacoalcos, lugar al que se trasladó con su comitiva para visitar las obras del puerto e inaugurar los trenes de ferrocarril.¹²

El acontecimiento más notable en el sector ferroviario durante la gestión del secretario Fernández Imaz fue la creación de la empresa Ferrocarriles Nacionales de México. Desde 1902, el secretario de Hacienda, José Yves Limantour, inició el proceso de fusión empresarial para crear una compañía nacional que operara de forma más eficiente y con mayor coherencia el sistema ferroviario, con el fin de evitar que el capital extranjero, principalmente estadounidense, tuviera pleno dominio del sector. Así, a través de una serie de maniobras financieras, conocidas como “consolidación”, que consistieron en adquirir acciones en subasta pública de distintas líneas -el Nacional, el Internacional y el Interoceánico-, o absorber las deudas de las compañías en quiebra, como el Ferrocarril Central Mexicano, le permitieron al gobierno federal administrarlas hasta fusionarlas y convertirse en accionista mayoritario.¹³

El convenio entre el gobierno y las mencionadas compañías se firmó hasta el 29 de febrero de 1908 por la crisis económica que atravesó el país el año anterior, surgiendo así la empresa Ferrocarriles Nacionales de México con un sistema que alcanzaba los 10,651 kilómetros. Para 1910, la compañía reunía las líneas de los Ferrocarriles Central Mexicano y Nacional, también las líneas del Internacional y del Interoceánico, el Ferrocarril de Veracruz al Istmo y el Ferrocarril Panamericano, así como pequeños ramales que arrendaba para complementar su sistema.¹⁴

Edificio de los Ferrocarriles Nacionales de México. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia.

Para albergar a los principales funcionarios de esta nueva empresa, y dirigir las operaciones de todo su sistema ferroviario, se construyó un notable edificio de estilo afrancesado sobre la calle de Vergara (hoy Bolívar) no. 209 esquina con la de Cinco de Mayo; en la planta baja se creó una oficina general para la venta de boletos.

Inauguración del tren Guadalajara-Colima. Reproducción autorizada por el INAH.

Nuevos tramos de vías continuaron inaugurándose como el de Tuxpan-Colima correspondiente al Ferrocarril Guadalajara-Manzanillo. El Ing. Fernández acompañó al Gral. Díaz a la inauguración de dicha vía en la ciudad de Colima el 12 de diciembre de 1908. Una vez más, se entregaba una obra que ayudaría notablemente al intercambio de mercancías –ahora entre la región occidente del país-, así como al transporte de sus pobladores. Dicha inauguración representa un clásico ejemplo del suntuoso estilo de gobierno: una nutrida concurrencia que vitorea la llegada del presidente Díaz, acompañados de una banda musical militar y de una salva de cañonazos al entonar el Himno Nacional. El General Díaz rodeado siempre de personajes políticos, militares y representantes del lugar, en este caso, del gobernador del estado de Colima Enrique O. de la Madrid y una pequeña comitiva de funcionarios públicos.

Al término de la breve ceremonia, la comitiva presidencial partió rumbo al puerto de Manzanillo donde se ofreció al presidente una comida en su honor, y después se le invitó a dar un paseo por la bahía a bordo de diversos vapores (naves); a su regreso a la ciudad de Colima, es recibido por una entusiasta multitud y 15 arcos triunfales bellamente ornamentados. Antes de partir rumbo a Guadalajara, se ofreció un banquete al presidente y a sus acompañantes.¹⁵

 

De la tierra al cielo

Debido al auge de los ferrocarriles en las comunicaciones durante el porfiriato, la construcción de caminos fue secundaria, tal como se observa en los distintos informes presidenciales del periodo. Sin embargo, en algunos casos complementaron a la red ferroviaria en donde las condiciones geográficas impedían tender la vía o por su elevado costo, como el caso de la carretera entre Iguala y Chilpancingo –una de las pocas construidas para uso de automóviles en esa época– inaugurada por el general Porfirio Díaz el 1 de mayo de 1910. De igual forma, la Secretaria de Comunicaciones y Obras Públicas a cargo del ingeniero Leandro Fernández supervisó al contratista que construyó el camino de Chiapa de Corzo a la frontera con Guatemala, en la cual se edificó un puente sobre el caudaloso río Grijalva; así como la reconstrucción del viejo camino de herradura en carretera de Ciudad Tula a Ciudad Victoria, Tamaulipas, misma que atravesó parte de la Sierra Madre Oriental y permitió conectar el altiplano potosino con la capital y el norte tamaulipeco.

La actividad que más prevaleció en este sector fue la reparación de vías generales como el camino de San Blas a Navarrete, Nayarit; Mazatlán a Elota, Sinaloa; Tepic a Álamos, Sonora; Ensenada a Tijuana, Baja California; Tepic a San Marcos, Nayarit; México a Toluca, Estado de México; y México a Puebla, Puebla. Para ello, se nombró a una Junta Directiva.

Alberto Braniff Ricard y su avión Voisin. Reproducción autorizada por el INAH.

A fines de esta primera década del siglo XX algunos pioneros de la aviación como Julio Fuentes y Juan Guillermo Villasana realizaron los primeros vuelos experimentales en México. El primero voló en un planeador primitivo en la población de Sombrerete, Zacatecas; mientras que el segundo, hace lo propio en terrenos de la hacienda de San Juan de la Labor en el estado de Hidalgo, poco después se logra sostener 22 segundos en el aire llevando un planeador con motor en el velódromo de Pachuca. Correspondió al reconocido deportista y miembro de la aristocracia porfiriana, Alberto Braniff Ricard, elevar y mantener su avión Voisin por varios minutos recorriendo una distancia de 500 metros en los llanos de Balbuena de la Ciudad de México el 8 de enero de 1910. Ante el inminente y sorprendente hecho de ver volar a un ser humano, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas normaría esta actividad dentro del sector de Aeronáutica en el futuro inmediato.

 

El telégrafo, ahora sin hilos

El 19 de abril de 1903 se muestra en la revista El Mundo Ilustrado la instalación de dos oficinas ubicadas una en Cabo Haro, distante siete kilómetros del puerto de Guaymas, Sonora; y otra en Santa Rosalía, Baja California. Mediante diversos aparatos transmisores y receptores confinados en pequeñas casas de madera de tres habitaciones, junto a un par de elevadas torres metálicas convertidas en antenas, el director de Telégrafos, Ing. Camilo A. González apostaba –bajo la supervisión del Ing. Fernández- por el uso de la telegrafía inalámbrica o sin hilos con muy buenos resultados para comunicar de forma rápida a una zona tan aislada como es el extremo norte de nuestro país, desprovisto en aquel entonces de sistemas de comunicación veloces.¹⁶ La telegrafía sin hilos representaba también un avance militar, fundamental en los frentes de guerra como lo fue en la Primera Guerra Mundial.

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Oficina telegráfica con su par de antenas en Santa Rosalía, Baja California, y su interior. El Mundo Ilustrado 1903.

En este período de la administración de Leandro Fernández, se llegó a la cifra de poco más de tres millones de telégrafos despachados y una extensión de 62,412 kilómetros de líneas telegráficas federales.

El uso del teléfono va tomando más fuerza cada día y diversos estados se fueron integrando a este servicio como Nayarit, Coahuila, Nuevo León, Durango. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas otorgó a don José Sitzenstatter la concesión para explotar el servicio telefónico de la Ciudad de México y sus alrededores por 30 años, cuyo contrato fue publicado el 6 de marzo de 1903 en el Diario Oficial.¹⁷ Dos años después José traspasó su concesión a la empresa sueca L. M. Ericsson quien sería una fuerte rival para la Compañía Telefónica Mexicana durante un buen número de años. Hacia 1911 la República mexicana contaba con 12 mil aparatos en la red telefónica.

Diligencia del servicio de Correos en el estado de Hidalgo. Museo Postal

En el ramo de Correos se contabilizaron en 1903 la cantidad de 2,254 oficinas en todo el país, y 77 millones de piezas postales en circulación. Mediante la aprobación del Congreso, se llevaron a cabo importantes convenios para el cambio de giros postales, cambio de correspondencia y de bultos postales, y modificación de portes entre México y los siguientes países: Gran Bretaña, Irlanda, Cuba, Canadá, Nueva Zelanda, Italia, Estados Unidos, Alemania, Francia, Ecuador, El Salvador, Turquía, Antillas danesas, Nicaragua, Costa Rica, Japón y Noruega.

Al final del porfiriato las cifras frías pero certeras señalaban los grandes logros en la división de Correos: 2,843 oficinas postales en la República; un total de 108 millones de piezas postales provocaron 202 millones de envíos; 53 millones de pesos resultaron de la expedición de giros al interior; el cambio de giros postales con los países arriba mencionados sumó 9 millones 583 mil pesos. Los productos generales del ramo ascendieron a cuatro millones 679 mil pesos.¹⁸

 

Del Palacio de Correos a las obras del Centenario

En el campo de las labores públicas y de ornato, el Ing. Fernández Imaz atendió varias obras que dejarían una importante e imborrable huella en la historia de la salud y de la arquitectura en México. La primera de ellas daba respuesta eficaz a la preocupación del gobierno por ofrecer a la población servicios de salud de calidad, y corresponde a la construcción del Hospital General. “En México donde la insalubridad es famosa, se hacía particularmente indispensable una institución de la índole de ésta, y es posible afirmar que, gracias a ella, a las magnas obras del desagüe y a la reciente provisión de aguas potables de que se ha surtido a la ciudad, México se halla ahora en condiciones de que, con el tiempo y el auxilio de la cultura popular, su salubridad llegue a hacerse igualmente célebre.”¹⁹

Sobre un área de 124 mil 692 metros cuadrados, se levantaron 32 pabellones para enfermos infecciosos y no infecciosos, junto con unidades administrativas, de servicios, etc., hasta constituir un total de 49 inmuebles. La capacidad del Hospital considerada era de 800 a mil enfermos. El proyecto arquitectónico-constructivo estuvo a cargo de los ingenieros don Roberto Gayol y don Manuel Robledo Guerra; el famoso médico Dr. Eduardo Liceaga se encargó de la dirección médica de la magna obra inaugurada por don Porfirio Díaz –acompañado del secretario Fernández Imaz- el 5 de febrero de 1905.

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Vista general y pabellones del Hospital General. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia.

El gran poeta Amado Nervo le dedicó una oda especial a este nosocomio, considerado entonces como el primero de América por sus instalaciones:

Amigo mío desheredado,

hermano mío desconsolado:

Ya tienes casa, ya tienes pan (…)

La vida es dura; más aún existe quien al enfermo refugio da,

y a los desnudos arropa y viste (…)

Hoy se inaugura tu noble y raro Alcázar; míralo: ¡es para ti!

Tendrás un lecho, calor, amparo, afectos, aire puro, sol claro… ¡Qué bien se debe vivir aquí!

Casi dos años después el Ing. Fernández Imaz acompañó al presidente Díaz a la inauguración del palacio Postal o Quinta Casa de Correos, cuya realización se debió en parte al empeño del mismo secretario de Comunicaciones y Obras Públicas. Don Porfirio Díaz y su comitiva, entre la cual se encontraba también el Director General de Correos, Ing. Norberto Domínguez, llegaban al inmueble la mañana del 17 de febrero de 1907 para ser actores y partícipes de su emotiva inauguración.

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Majestuosa resultó ser la construcción del palacio de Correos. El Mundo Ilustrado. Señorial escalera resalta los interiores de la Quinta Casa de Correos. Reproducción autorizada por el INAH.

El Ing. Leandro Fernández tomó asiento muy cerca del General Porfirio Díaz en una amplia plataforma –coronada con un dosel o cortinilla presidencial- ubicada en el pasillo central del edificio. A ambos lados de la plataforma se situaron los miembros del cuerpo diplomático y diversos funcionarios públicos federales y locales. En el programa estaba anunciada la participación de la orquesta del Conservatorio Nacional de Música, el discurso del Ing. Gonzalo Garita, autor de la construcción del inmueble bajo el proyecto del arquitecto italiano Adamo Boari; y la intervención del señor Manuel H. San Juan, quien recitó un poema de su autoría alusivo al evento.²⁰ Los ingenieros Fernández y Domínguez depositaron en los buzones, las tarjetas conmemorativas de la inauguración -siguiendo el ejemplo del presidente Díaz-, en las cuales el artista Leandro Izaguirre dibujó de forma espléndida el nuevo palacio postal en tamaño miniatura.

Pabellón de Servicios Generales en el Manicomio General de la Castañeda. Reproducción autorizada por el INAH.

Para celebrar el Centenario de la Independencia Nacional en 1910, un vasto programa fue planeado y ejecutado con perfecta sincronía por el Estado; en él se involucró a todo el aparato administrativo: gobiernos estatales y municipales, el ejército y los ministerios o secretarías. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, participó tanto en la realización de grandes obras públicas como en la develación de monumentos significativos, que ocuparon parte de la apretada agenda del Ing. Fernández. Es el caso del Manicomio General de La Castañeda, obra estrechamente relacionada con el Hospital General en cuanto a seguir cubriendo las necesidades de salud de la población capitalina; además, su apertura representó el inicio de las festividades del Centenario.

A las nueve y media de la mañana del 1 de septiembre de 1910, el Ing. Fernández Imaz abordaba uno de los 30 vehículos de lujo que partían de la plaza de la Constitución rumbo a la antigua población de Mixcoac donde se llevaría a cabo la inauguración del Manicomio. En el pórtico del inmueble que alojaba los Servicios Generales, esperó junto con otros ministros y funcionarios públicos la llegada del presidente Díaz para trasladarse todos a la gran sala del comedor donde tuvo lugar la solemne ceremonia de apertura. Dos oradores participaron en el acto, el Lic. Ignacio L. de la Barra, inspector oficial de las obras del Manicomio; y el Teniente Coronel Porfirio Díaz hijo, quien hizo alusión a los diversos trabajos realizados –bajo su dirección técnica- para levantar este grandioso conjunto.²¹

Vista de los pabellones del Manicomio General de La Castañeda. Reproducción autorizada por el INAH.

El Manicomio General de Mixcoac ocupó una superficie de 141,622 metros cuadrados de extensión, perteneciente a la antigua hacienda de La Castañeda y próxima a la población de Mixcoac. Hermosos parques y jardines aislaban de forma perfecta los 28 pabellones construidos en los cuales se reparten diversas áreas: enfermos tranquilos, peligrosos, epilépticos, alcohólicos; enfermas tranquilas, epilépticas, peligrosas, alcohólicas; además, contaba con talleres para hombres y mujeres, establos para vacas y habitaciones para sus cuidadores. Una vez más y de acuerdo con la época, se inauguraba otra obra dotada con los más recientes adelantos de la ciencia médica y con todos los materiales e instrumentos indispensables para un edificio de su tipo.

Para el porfiriato, la salud y el conocimiento de la mente resultaron prioritarios; además de la debida atención a los enfermos, se formaron médicos en el campo de la psiquiatría. En este ámbito, participaron en Congresos científicos que aludían a las otras aristas o consecuencias de la insania mental, relativa a la criminalidad.

Ceremonia de inauguración del Hemiciclo a Juárez. El presidente don Porfirio Díaz en el acto oficial. Reproducción autorizada por el INAH.

En relación con los monumentos públicos que dieron realce a las fiestas del Centenario se destacan dos: el Hemiciclo a Juárez y la Columna de la Independencia. El domingo 18 de septiembre de 1910, en el más hermoso parque de la metrópoli (la Alameda), se lleva a cabo la inauguración del Monumento a Juárez. El presidente Díaz “de gran uniforme brillando en su pecho la constelación de todos sus merecimientos hechos cruces y condecoraciones”²² llega al lugar seguido de su estado mayor. Como es costumbre, lo acompaña la totalidad de su gabinete, subsecretarios, cuerpo diplomático y funcionarios públicos. Este hermoso monumento de radiante mármol blanco tiene forma de hemiciclo, conformado por doce columnas dóricas que sostienen un friso corrido decorado con metopas y triglifos, elementos que recuerdan la arquitectura clásica griega; fue diseñado por el arquitecto Guillermo de Heredia. El conjunto escultórico del centro lo forman, en la base, un par de leones acompañados de un águila republicana, y en el remate la figura del Benemérito don Benito Juárez custodiado por la “Gloria” y la “Justicia”, esculturas realizadas en Italia a cargo del famoso artista del cincel Lazzaroni.

Majestuosa columna de la Independencia, símbolo de la capital del país. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia

Desde 1895 se tiene registro de la intención de construir un monumento a los héroes de la Independencia nacional sobre el paseo de la Reforma. Fue en la administración pasada de la SCOP, encabezada por el General Mena, cuando se otorgó el proyecto al arquitecto Antonio Rivas Mercado, y se designó la cuarta glorieta del paseo para su ubicación. La gran multitud que se congregó el viernes 16 de septiembre de 1910 para su solemne inauguración, quizá no se dio cuenta de la trascendencia histórica que iba a tener dicho monumento al convertirse, al paso del tiempo, no sólo en símbolo de la ciudad capital sino del país entero.

El presidente Porfirio Díaz abandona el monumento a la Independencia después de inaugurarlo. Reproducción autorizada por el INAH.

Dentro del programa oficial, se leyó el Acta de Independencia a cargo del secretario del Ayuntamiento Lic. Juan Bribiesca; el discurso oficial lo ofreció el subsecretario de Gobernación Lic. Miguel S. Macedo; y una vibrante loa en verso a los héroes patrios se dio en voz de Salvador Díaz Mirón, orgullo de la intelectualidad mexicana. Enseguida, el General don Porfirio Díaz bajó de la tribuna y al pie de la columna la declaró solemnemente inaugurada, dirigiendo la mirada –junto con los demás asistentes- hacia el ángel o Victoria alada que lleva en sus manos las cadenas rotas de la dominación y una corona de laureles, cobijado este momento por las notas marciales del Himno Nacional ejecutado por la Banda de Policía y los coros de escuelas primarias y orfeonistas.²³

La prensa vertió entonces halagos sin igual ante ese monumento excepcional: “El estilo de la obra por su naturaleza y por su destino, tenía que ser de una arquitectura grandiosa, a la vez que sencilla y sincera, que no perteneciese a determinada época. La columna no es griega ni romana, y sí podría recordar los buenos tiempos de la arquitectura. Siendo moderna, es en lo posible clásica: puede tener algo de neoclasia (neoclásica).”²⁴ Más allá de hacer una descripción puntual del monumento, la prensa se decidió por definir su carácter “…glorioso y triunfal. Perpetúa el recuerdo de la lucha más brillante de nuestra Historia y el de los que en aquella contienda sucumbieron. Hay en la columna grandeza de pensamiento, belleza de forma, unidad en el plan y variedad en los accesorios.”²⁵

Aspecto de la inauguración de la columna de la Independencia. Reproducción autorizada por el INAH

Tocó al arquitecto Rivas Mercado hacer un resumen de la obra a su cargo. Comentó primero su intención de apartarse, en el diseño, del común de las columnas conmemorativas erigidas en el mundo hasta ese momento; de los esfuerzos titánicos para vencer los hundimientos comunes en la capital del país, reconociendo la ayuda y colaboración en ese aspecto de los ingenieros Guillermo Beltrán y Puga, y Gonzalo Garita encargados de la cimentación. Por último, alabó el trabajo artístico del escultor Enrique Alciati para la realización de las esculturas que ornamentan el monumento.²⁶

Fachada principal del palacio Legislativo, proyecto del Arq. Emile Bènard. El Mundo Ilustrado junio, 1903.

No todas las obras proyectadas para el Centenario de la Independencia pudieron terminarse. Un ejemplo es el Teatro Nacional (hoy palacio de Bellas Artes), cuya primera piedra fue colocada en 1904. En 1910 la obra iba adelantada en el revestimiento de mármol de sus fachadas principales, y mostraba ya la estructura metálica de su cúpula. Otra obra no menos importante era la del palacio Legislativo, calificada por la prensa como “colosal y espléndida…por la disposición y belleza de sus formas como por la riqueza de los materiales que en él han de emplearse.”²⁷ La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas había lanzado la convocatoria para su diseño y construcción, cuando era dirigida por el General Francisco Z. Mena, pero no llegó a concretarse entonces. El proyecto definitivo le fue otorgado en 1903 al notable arquitecto francés Emile Bènard, ganador del “Gran Premio de Roma”, y el “Gran Concurso Internacional para la Universidad de Berkeley, California” por el cual se le dio el Premio “Jean Reynaud” de la Academia de Bellas Artes en 1902, distinción otorgada cada cinco años a los mejores artistas de Europa.

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Salón de los pasos perdidos y recinto de la Cámara de Diputados en el palacio Legislativo. El Mundo Ilustrado junio, 1903.

Mármoles blancos, granitos rosas, águilas en bronce dorado, columnas de estilo corintio y jónico…eran los materiales y elementos considerados para esta obra arquitectónica de innegable estilo neoclásico. Una señorial Sala de Pasos Perdidos haría de vestíbulo para acceder a los diversos recintos de este palacio, el principal, la Cámara de Diputados. Tampoco esta obra se concluyó a tiempo para festejar el Centenario de nuestra Independencia, sin embargo, el presidente Díaz no perdió la oportunidad de realzar su significado político y frente a una estructura metálica ya armada (esqueleto) del edificio, colocó simbólicamente la primera piedra de este edificio el viernes 23 de septiembre de 1910; para ello usó una cuchara (de albañil) de plata para cubrir el mármol referido. Acompañaron al presidente los secretarios de estado, representantes de las naciones extranjeras y altos funcionarios de la Federación y de la Ciudad de México.²⁸ Los vientos revolucionarios, próximos a soplar, impidieron la conclusión de esta obra arquitectónica que hubiera sido, sin lugar a duda, la mejor del porfiriato; más adelante en los años treinta terminó convertido en el Monumento a la Revolución.

No sólo en la capital del país, sino en toda ciudad importante de nuestra provincia se encuentran numerosas construcciones del período del porfiriato: teatros, palacios, residencias, institutos, fábricas, clínicas, hospicios, hospitales, colegios, oficinas gubernamentales…, que dan oportunidad a sus habitantes de sentirse orgullosos, además de significarles arraigo y pertenencia. Si algo distingue al porfiriato, aparte del gran impulso que se dio a la infraestructura del país, es también la obra arquitectónica, ya mencionada, y la urbana con sus grandes avenidas, parques, monumentos significativos, fraccionamientos habitacionales, sistemas de drenaje, pavimentación, alumbrado, etc., reflejada claramente a lo largo de su ejercicio.

 

Casa propia para la SCOP

Proyecto de edificio para la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Arq. Silvio Contri. El Mundo Ilustrado mayo 3, 1903.

El secretario Fernández Imaz apoyó la construcción de un inmueble propio para alojar a los trabajadores de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, y así dejar las oficinas de la antigua Ex Aduana, insuficientes a principios del siglo XX. La propia secretaría había encargado el proyecto al arquitecto italiano Silvio Contri en 1901, el inmueble se ubicaría en un terreno en la plaza de la República, frente al lugar donde se construiría el palacio Legislativo. Al año siguiente se cambió de opinión, y se destinó el espacio ocupado por el Hospital de San Andrés -dada su ubicación en el centro de la ciudad- para la construcción de su nueva sede. En un nuevo proyecto realizado por Contri, se agregaron los departamentos para la Dirección General y la Oficina Central de Telégrafos.²⁹

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El último palacio porfiriano dio cabida a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, 1911. Reproducción autorizada por el INAH.

La construcción del inmueble inició sobre un terreno rectangular de 82 x 57 metros que estaría remetido de la calle de San Andrés, hoy Tacuba, 39 metros para crear una plaza al frente y darle mejor perspectiva, compitiendo en majestuosidad con su vecino inmediato el antiguo Palacio de Minería. El estilo arquitectónico del edificio respondió al Renacentista italiano, de gran seriedad y amplias proporciones. Sus cuatro fachadas fueron revestidas por 1,500 m³ de piedra basáltica gris, extraída de las canteras de Xaltocan, Tlaxcala. En la frontal lucen columnas jónicas, arcos de medio punto, preciosa herrería en puertas y ventanas; mascarones de leones, cartelas afrancesadas, etc. El nombre de la secretaría se aprecia aún en lo alto del cuerpo central, justo debajo de la cornisa.

Señorial escalera distingue al palacio de Comunicaciones desde su creación. Reproducción autorizada por el INAH.

La escalera principal, digna de un palacio como éste, dejaría a todos con la boca abierta; desarrollada en dos rampas semicirculares que convergen en una tercera de forma recta que alcanza el siguiente nivel. Su armazón de acero, los peraltes de hierro fundido, el hermoso barandal de bronce oxidado, el pasamano de bronce pulimentado y los preciosos faroles de la escalera tuvieron un costo de 45 mil pesos. El artista Carlo Coppedé –representante de la Fonderie del Pignone de Florencia, Italia– y sus hijos Mariano, Carlo, Gino y Adolfo, fueron los encargados de toda la decoración del inmueble, incluyendo la herrería, estucados, pinturas y muebles. Este admirable trabajo costó 419 mil 952 pesos.³⁰

Departamentos amplios, bien ventilados e iluminados alojaban a las diversas oficinas distribuidas de forma cómoda y sencilla: la Dirección General y Oficina Central de Telégrafos ocupaba los dos primeros pisos, junto con la Comisión Hidrográfica, la Comisión Revisora de Tarifas de Ferrocarriles y la Contaduría y Pagaduría de la Secretaría de Comunicaciones. El tercer piso fue destinado al resto de las dependencias.³¹ Las prestigiadas casas comerciales Mosler y El Palacio de Hierro participaron con el suministro del mobiliario, mientras que la empresa Art Metal Construction Company se encargó de entregar e instalar los archiveros metálicos en toda la dependencia.³²

Las imágenes primeras que se tienen de este majestuoso inmueble dan fe del que es considerado el último gran palacio del porfiriato y es un ejemplo postrero del progreso alcanzado por México. El movimiento revolucionario iniciado en noviembre de 1910 impidió que este palacio fuera inaugurado con toda la solemnidad que merecía. Fue puesto en funciones en mayo de 1911 y para mediados de 1912 se realizaban en él los últimos trabajos. Después de alojar al Archivo General de la Nación (1973 - 1982) se convirtió en el Museo Nacional de Arte, uno de los mejores recintos culturales de la ciudad capital y del país entero.

Al centro del grupo, el Ing. Leandro Fernández y el General Bernardo Reyes en las afueras de la Cervecería Cuauhtémoc. El Mundo Ilustrado, 1905.

A lo largo de su desempeño como secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, el ingeniero Leandro Fernández también acompañó al presidente Díaz a inaugurar diversas obras como el nuevo Rastro de la Ciudad de México, el monumento al doctor Manuel Carmona y Valle; asistió con él a diversos banquetes en honor del Cuerpo Diplomático, del ministro de Hacienda, José Yves Limantour, y del embajador de México en Estados Unidos, Enrique C. Creel. También se le vio disfrutando de eventos como la Fiesta de la Colonia Americana; el reparto de premios a los alumnos del Colegio Militar; el homenaje al señor Root y su familia en Xochimilco. De igual manera, el secretario tuvo oportunidad de ver el progreso material de regiones como la península de Yucatán, o fungir como representante del presidente Díaz en otras inauguraciones como la llegada del tren de Monterrey al Golfo de México, evento en el que aceptó la invitación de visitar la Cervecería Cuauhtémoc y admirar los adelantos de la industria.

Don Porfirio Díaz y su gabinete presidencial. El Ing. Leandro Fernández aparece sentado a la extrema derecha. Reproducción autorizada por el INAH

 

Testigo vivo de un momento histórico

El ingeniero Leandro Fernández Imaz concluyó su gestión como secretario de Comunicaciones y Obras Públicas el 24 de marzo de 1911, en medio de una situación política turbulenta, dos meses antes de la renuncia del General Porfirio Díaz a la presidencia de México. La convocatoria del levantamiento armado de Francisco I. Madero tuvo eco en los estados de Chihuahua, Sonora, Durango y Coahuila, así como en el centro y sur de la República, principalmente en Guerrero y Morelos, donde se formaron ejércitos que luchaban por su autonomía política o la restitución de sus tierras, resultado de un régimen que en la última década había impedido el ascenso de las clases medias a los puestos de decisión, que había reaccionado de forma violenta frente a las movilizaciones sociales, y cuya respuesta a la crisis económica endureció la vida de las clases populares. Por su parte, el ejército federal era débil y su líder natural, Bernardo Reyes, fue enviado en 1909 a una misión en Europa para evitar que participara en el proceso electoral de 1910.

La toma de Ciudad Juárez, Chihuahua, en marzo de 1911, obligó al dictador a negociar con los rebeldes para frenar la gesta armada, otorgando algunas concesiones, entre ellas el relevo de todo su gabinete. A su salida, Leandro Fernández presenció el proceso revolucionario y fue testigo del ascenso de un nuevo régimen. Falleció en 1921 a la edad de 70 años en la Ciudad de México.

 

REFERENCIAS

¹ El juego electoral se abrió con la famosa entrevista que sostuvo el presidente Porfirio Díaz y el periodista norteamericano James Creelman en 1908, al declarar que México estaba preparado para la democracia en la próxima sucesión presidencial de 1910. Francisco I. Madero, miembro de una de las familias más prominentes del norte del país, se suscribió a la contienda al publicar su programa político en su libro La Sucesión Presidencial y el Partido Democrático a finales de 1908, mismo que se materializó con la fundación del Partido Nacional Antirreeleccionista en 1909, al que se sumaron ex reyistas y miembros del Partido Liberal Mexicano. La modernidad de Madero se respiró como una bocanada de aire fresco en sus tres giras electorales que promocionaron el voto por el sufragio efectivo y la no reelección del general Díaz. La clase media y la clase trabajadora, así como algunos campesinos, afectados por la crisis económica achacada al grupo de los científicos, encontraron en su plataforma política una respuesta a sus reclamos.
² François-Xavier Guerra, México: Del Antiguo Régimen a la Revolución, t. 2. México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 81. Este slogan fue utilizado por los partidarios de la reelección indefinida de Porfirio Díaz en el proceso electoral de 1890.
³ Inés María Herrera Canales. “Sandra Kuntz Ficker, Las exportaciones mexicanas durante la primera globalización (1870–1929)” en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-22532011000100011 consultada el 15 de junio de 2020.
Manuel Quijano Torres. INAP 200 años Administración Pública en México. Los gabinetes en México: 1821-2012. Tomo III, Instituto Nacional de Administración Pública A. C., México, 2012, p. 231.
Roderic Ai Camp, Mexican Political Biographies, 1884-1934. México, University of Texas Press, 1991. [Libro electrónico]; José de la Cruz Pacheco Rosas, Breve historia de Durango. México, Fondo de Cultura Económica-El Colegio de México, 2002, p. 208.
Diccionario Porrúa. Historia, Biografía y Geografía de México. Editorial Porrúa S. A., Sexta edición, México, 1995, p. 1269.
François-Xavier Guerra, México: Del Antiguo Régimen a la Revolución, t. 2. México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 83. El grupo científico fue creado por el secretario de Gobernación, Manuel Romero Rubio, desde 1880.
Mauricio Sedano Ortega. “Los trabajadores del Ferrocarril de Tehuantepec y la huelga “olvidada” de Rincón Antonio” en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0186-03482016000300142 consultada el 16 de marzo de 2020.
François-Xavier Guerra, México: Del Antiguo Régimen a la Revolución, t. 2. México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 57.
¹⁰ México a través de los informes presidenciales. T. 8. Secretaría de la Presidencia, México, 1976, p. 125.
¹¹ Leticia Mayola Reina Aoyama, “Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, México: “El puente comercial del mundo”. Siglo XIX”, en: http://www.asihf.org/comunicaciones/REINA_Leticia.pdf consultado el 21 de julio de 2020.
¹² Leticia Mayola Reina Aoyama, “Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, México: “El puente comercial del mundo”. Siglo XIX”, en: http://www.asihf.org/comunicaciones/REINA_Leticia.pdf consultado el 21 de julio de 2020.
¹³ Arturo Valencia Islas, El descarrilamiento de un sueño: Historia de los Ferrocarriles Nacionales de México, 1919-1949. México, Secretaría de Cultura/Centro Nacional para la preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero-El Colegio de México, 2017, pp. 34-44.
¹⁴ Ibidem, p. 56.
¹⁵ Pedro Zamora Briseño. “Entretelones de la vía ferroviaria Guadalajara-Manzanillo, hace 110 años” en: https://www.cienciamx.com/index.php/ciencia/humanidades/24003-via-ferroviaria-guadalajara-manzanillo-110-anios consultada el 23 de marzo de 2020.
¹⁶ “La telegrafía sin hilos en México”. El Mundo Ilustrado, domingo 19 de abril de 1903, s/p.
¹⁷ Clara Luz Álvarez. “Telecomunicaciones en el porfiriato” p. 372 en: https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/9/4121/20.pdf consultada el 1 de abril de 2020.
¹⁸ México a través de los informes presidenciales. T. 8. Secretaría de la Presidencia, México, 1976, p. 126.
¹⁹ Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia. Departamento del Distrito Federal, Secretaría General de Desarrollo Social, Comité Interno de Ediciones Gubernamentales. Colección: Distrito Federal, México, 1988, p. 42.
²⁰ “Inauguración del Palacio de Correos”. El Mundo Ilustrado, 24 de febrero de 1907, s/p.
²¹ “Brillante inauguración del Manicomio General. Las fiestas del Centenario se han abierto con puerta de oro”. El Imparcial, viernes 2 de septiembre de 1910, primera plana.
²² “Hecho carne de mármol, se yergue majestuoso el ilustre patricio”. El Imparcial, lunes 19 de septiembre de 1910, primera plana.
²³ “Solemne inauguración de la columna de la Independencia.” El Imparcial, sábado 17 de septiembre de 1910, primera plana.
²⁴ “16 de Septiembre Monumento a la Independencia 1810-1910”. El Imparcial, viernes 16 de septiembre de 1910., última página del periódico de ese día.
²⁵ Ídem.
²⁶ “Solemne inauguración de la columna de la Independencia.” El Imparcial, sábado 17 de septiembre de 1910, primera plana.
²⁷ “Grandioso proyecto. El palacio del poder Legislativo”. El Mundo Ilustrado, domingo 7 de junio de 1903, s/p.
²⁸ “El palacio del poder Legislativo”. El Mundo Ilustrado, octubre de 1910, s/p.
²⁹ “Nuevo edificio para la Secretaría de Comunicaciones.” El Mundo Ilustrado, domingo 3 de mayo de 1903, s/p.
³⁰ Edgar Tavares López. “El último palacio citadino.” Arte y Porcelana, vol. II, No. 8 (julio-agosto 1992) pp. 30-33.
³¹ “Nuevo edificio para la Secretaría de Comunicaciones”, Óp. cit., s/p.
³² Memoria presentada al Congreso de la Unión por el secretario de Estado y del Despacho de Comunicaciones y Obras Públicas de la República Mexicana Ing. Leandro Fernández Imaz corresponde a los años transcurridos de 1° de julio de 1911 al 30 de junio de 1912. México, curso fiscal 1911-1912. Tipografía de la Dirección General de Telégrafos, 1912, p. 38.