Ingeniero José Leandro Baldomero Fernández Imaz (1903-1911)
Entre las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX, México vivió un periodo de crecimiento económico y relativa estabilidad política que favoreció la modernización del país. Durante el largo gobierno del general Porfirio Díaz, las comunicaciones ocuparon un lugar estratégico: el tendido de vías férreas acercó regiones antes aisladas, los servicios de correos y telégrafos ampliaron sus redes y el teléfono comenzaba a incorporarse a la vida cotidiana de las principales ciudades. Al mismo tiempo, el comercio exterior y la expansión de la actividad industrial transformaban paulatinamente la economía nacional.
Al comenzar el siglo XX, las ciudades más importantes del país mostraban también los signos visibles de esa modernización. Sus habitantes podían desplazarse con mayor rapidez a bordo de los tranvías eléctricos, mientras el crecimiento de las redes ferroviarias facilitaba el traslado de personas y mercancías hacia regiones cada vez más alejadas. El comercio marítimo adquiría mayor importancia pues permitía la llegada de productos procedentes de Europa y Estados Unidos, al tiempo que México incrementaba sus exportaciones de materias primas como algodón, azúcar, café, tabaco, henequén, hule, petróleo y otras mercancías. Los servicios de correos y telégrafos, con sus numerosas oficinas y buzones, atendían un volumen creciente de comunicaciones nacionales e internacionales, mientras las líneas telefónicas comenzaban a extenderse.
Pero aquella imagen de progreso material convivía con profundas desigualdades sociales y con un sistema político cada vez más cuestionado. La estabilidad del régimen porfiriano descansaba en una estructura de poder centralizado alrededor del presidente Díaz y en ausencia de una competencia electoral efectiva. La situación comenzó a cambiar en los primeros años del siglo XX, hasta desembocar en la crisis política de 1910 y en el movimiento revolucionario iniciado en noviembre de ese año.
En ese México que combinaba modernización, crecimiento económico y profundas contradicciones sociales, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas adquirió una importancia cada vez mayor. Al frente de ella, a partir de enero de 1903, quedaría un ingeniero cuya trayectoria profesional y administrativa parecía hecha a la medida de los grandes proyectos del régimen: José Leandro Baldomero Fernández Imaz.
JOSÉ LEANDRO BALDOMERO FERNÁNDEZ IMAZ, EL MINISTRO CIENTÍFICO
Al comenzar el siglo XX, el presidente Porfirio Díaz reorganizó su gabinete con miras a la sucesión presidencial de 1904. Ramón Corral fue incorporado como vicepresidente y Bernardo Reyes, uno de sus principales aspirantes a sucederlo, dejó la Secretaría de Guerra para asumir nuevamente la gubernatura de Nuevo León. En este reajuste, el general Francisco Z. Mena dejó la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas y fue sustituido por el ingeniero José Leandro Baldomero Fernández Imaz.
La Escuela de Ingeniería, alojada en el antiguo palacio de Minería, tuvo como alumno destacado y director al Ing. Leandro Fernández Imaz. Reproducción autorizada por el INAH.
La elección de Fernández respondía a una trayectoria que combinaba formación científica, experiencia administrativa y conocimiento de las obras públicas. Egresado de la Escuela Nacional de Ingenieros como ingeniero Topógrafo e Hidrógrafo, Civil y Geógrafo, se especializó en Estados Unidos y representó a México en dos congresos celebrados en ese país. Su experiencia incluía la Oficialía Mayor de la SCOP en 1891, la dirección del Observatorio Astronómico de Palacio, la gubernatura interina de Durango en 1897, la dirección de la Casa de Moneda en 1898 y la regencia de Obras Públicas y Actas del Ayuntamiento de México. También había participado en la Comisión para el Desagüe del Valle de México.¹
A esta experiencia administrativa se sumaba una sólida trayectoria académica: fue director, en dos ocasiones, de la Escuela Nacional de Ingenieros y profesor de Matemáticas Superiores y Geodesia, además de realizar estudios de Matemáticas, Astronomía, Geodesia y Topografía.²
Su perfil correspondía al de los funcionarios que, en la última etapa del porfiriato, aportaron al régimen una preparación técnica y administrativa vinculada con la formación positivista. La revista El Mundo los describió como “administradores fríos, personalidades silenciosas, trabajadores tranquilos, detallistas” y ajenos a la intriga política. Algunas de estas características parecen encontrar correspondencia en Fernández, cuya imagen pública combinaba la sobriedad del funcionario con la elegancia propia de la época. Más que un político de tribuna era el ingeniero y administrador que el régimen necesitaba para conducir una secretaría cada vez más vinculada con la modernización material del país.³
El viernes 16 de enero de 1903, a las doce del día, Fernández Imaz rindió protesta de ley en el Salón de Embajadores de Palacio Nacional como tercer secretario de Comunicaciones y Obras Públicas. Tenía entonces 52 años y una larga experiencia en el servicio público. Nacido en 1851 en la hacienda de San Diego Mancha, municipio de Poanas, Durango, asumía la responsabilidad de conducir una dependencia estratégica que durante los siguientes ocho años sería protagonista de la expansión de las comunicaciones y de algunas de las obras públicas más importantes del porfiriato.
El reto no era menor: continuar la labor de sus antecesores y, al mismo tiempo, llevar a la Secretaría a una etapa de consolidación que coincidiría con los últimos años de esplendor del régimen de Porfirio Díaz.
LA VÍA TRANSÍSTMICA Y LA EMPRESA DEL ESTADO
La actividad ferroviaria continuó siendo la columna vertebral del desarrollo material del país y una de las principales expresiones de la modernización porfiriana. Al iniciar su gestión, el ingeniero Fernández Imaz recibió una red de 15,486 kilómetros de vías férreas federales, que, sumadas a las construidas por los estados y a los ramales particulares, alcanzaban 16,754 kilómetros. Pero detrás de aquella expansión se encontraban también los conflictos laborales que acompañaban al crecimiento del sector.
Uno de ellos llegó muy pronto a la mesa del nuevo secretario. En abril de 1903, los mecánicos de los talleres de mantenimiento del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, en la estación de Rincón Antonio, se declararon en huelga contra la empresa Pearson and Son Limited por el aumento de la jornada y la reducción de sus salarios. Los trabajadores comunicaron directamente a Fernández su decisión y, pocos días después, le solicitaron intervenir como mediador. La empresa, a su vez, mantuvo informado al secretario sobre el desarrollo del conflicto.⁴
La huelga duró catorce días y no consiguió modificar las condiciones reclamadas, pero resulta significativa porque muestra una de las funciones que Fernández tuvo que desempeñar como responsable de una secretaría estrechamente vinculada con las empresas ferroviarias: intervenir como autoridad y mediador en los conflictos que surgían alrededor de una red en plena expansión. Apenas unos años después, las huelgas de Cananea y Río Blanco mostrarían que las tensiones laborales habían adquirido una dimensión mucho mayor.
Puente sobre el río de Tehuantepec, 1903. El Mundo Ilustrado
Uno de los proyectos ferroviarios más ambiciosos de aquellos años fue la vía transístmica, articulada alrededor del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec y de los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz. Aunque la línea tenía antecedentes que se remontaban al siglo XIX, durante la gestión de Fernández se realizaron importantes trabajos de terracería, sustitución de rieles y durmientes, reparación de puentes y modernización de las instalaciones portuarias. Finalmente, en enero de 1907, el sistema fue inaugurado formalmente para el tránsito de mercancías.
La obra buscaba aprovechar la posición geográfica del Istmo de Tehuantepec para establecer una ruta comercial entre los océanos Atlántico y Pacífico. La expectativa era enorme; antes de la apertura del canal de Panamá, el ferrocarril podía ofrecer una alternativa para transportar mercancías entre las costas de Estados Unidos y los mercados de Asia, reduciendo tiempos y costos.
Los resultados iniciales parecieron justificar aquellas expectativas. En los primeros cinco meses de explotación cruzaron el Istmo 123 mil toneladas de mercancías, mientras que al terminar 1907 los ingresos habían alcanzado un millón 972 mil pesos. Para atender el movimiento se incorporaron 210 furgones de acero y se establecieron conexiones con empresas navieras de ambos océanos. La frecuencia pasó de seis trenes diarios entre Coatzacoalcos y Salina Cruz en 1907 a ocho al año siguiente. Incluso se utilizó petróleo como combustible de las locomotoras, aprovechando la producción de la refinería de Minatitlán.⁵
El presidente Porfirio Díaz acudió a Salina Cruz acompañado de buena parte de su gabinete, entre ellos el secretario Fernández Imaz, gobernadores y representantes diplomáticos de diversas naciones. La ceremonia fue también una demostración del significado que el régimen atribuía a la obra: en el puerto, Díaz abordó el vapor Arizonian, cargado con azúcar de Hawái rumbo a Filadelfia, mientras otras mercancías procedentes de Nueva York llegaban por Coatzacoalcos con destino a los puertos estadounidenses del Pacífico.⁶ Por un momento, el Istmo de Tehuantepec parecía destinado a convertirse en uno de los grandes corredores comerciales del mundo.
La expansión ferroviaria continuó con la inauguración de nuevos tramos. El 12 de diciembre de 1908, Fernández Imaz acompañó a Díaz a la inauguración en Colima del tramo Tuxpan-Colima, perteneciente al Ferrocarril Guadalajara-Manzanillo. La nueva vía favorecía el intercambio de mercancías y el transporte de pasajeros entre el occidente del país y el puerto de Manzanillo.⁷ Las ceremonias de inauguración, acompañadas de bandas militares, salvas de cañón, multitudes y banquetes, mostraban además el carácter propagandístico que había adquirido la obra ferroviaria: cada nuevo tramo era presentado como una prueba visible del progreso material alcanzado durante el régimen.
EL NACIMIENTO DE LOS FERROCARRILES NACIONALES DE MÉXICO
Pero el acontecimiento ferroviario de mayor trascendencia durante la gestión de Fernández Imaz no fue la inauguración de una nueva línea, sino la transformación de la estructura empresarial del sistema. Desde 1902, el secretario de Hacienda, José Yves Limantour, había impulsado un proceso de consolidación destinado a integrar varias de las principales compañías ferroviarias y evitar que el capital extranjero, particularmente el estadounidense, ejerciera un dominio absoluto sobre este sector estratégico.
Mediante la adquisición de acciones y la absorción de deudas de compañías ferroviarias, el gobierno federal fue incrementando su participación hasta convertirse en accionista mayoritario. El proceso culminó con el convenio firmado el 29 de febrero de 1908, mediante el cual surgió la empresa Ferrocarriles Nacionales de México, que inicialmente integró un sistema de 10,651 kilómetros.⁸
En 1910, la nueva empresa reunía las principales líneas del Ferrocarril Central Mexicano, Nacional, Internacional e Interoceánico, además del de Veracruz al Istmo y el Panamericano, junto con diversos ramales arrendados.⁹ La creación de Ferrocarriles Nacionales de México significó mucho más que una reorganización empresarial: representó el intento del Estado por integrar bajo una dirección común una parte sustancial de la red ferroviaria nacional y recuperar capacidad de decisión sobre un sector fundamental para la economía mexicana.
Edificio de los Ferrocarriles Nacionales de México. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia.
La nueva compañía necesitó también un espacio acorde con la magnitud de sus operaciones. En la calle de Vergara, hoy Bolívar, esquina con Cinco de Mayo, se construyó un edificio de estilo afrancesado destinado a albergar a sus principales funcionarios y dirigir las operaciones del sistema. En su planta baja funcionó una oficina general para la venta de boletos.
DE LA TIERRA AL CIELO
Aunque el ferrocarril fue durante el porfiriato la columna vertebral de las comunicaciones terrestres, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas también atendió la construcción y conservación de caminos, particularmente allí donde las condiciones geográficas o el costo impedían tender vías férreas. Entre las obras más significativas destacan la carretera de Iguala a Chilpancingo, inaugurada por el general Porfirio Díaz el 1 de mayo de 1910 y considerada una de las primeras construidas expresamente para la circulación de automóviles; el camino de Chiapa de Corzo a la frontera con Guatemala, que incluyó un puente sobre el río Grijalva; y la transformación del antiguo camino de herradura entre Ciudad Tula y Ciudad Victoria en una carretera que atravesaba la Sierra Madre Oriental y comunicaba el altiplano potosino con el norte de Tamaulipas.
Más que abrir nuevas rutas, buena parte de los trabajos se concentró en reparar y mantener los caminos existentes, indispensables para complementar la red ferroviaria. La Secretaría intervino en diversas vías de comunicación en Nayarit, Sinaloa, Sonora, Baja California, Estado de México y Puebla.
Alberto Braniff Ricard y su avión Voisin. Reproducción autorizada por el INAH.
Mientras se mejoraban los caminos terrestres, una nueva forma de transporte comenzaba a despertar la imaginación de los mexicanos: la aviación. A finales de la primera década del siglo XX, los pioneros Julio Fuentes y Juan Guillermo Villasana realizaron vuelos experimentales con rudimentarios planeadores. Un acontecimiento que fue decisivo ocurrió el 8 de enero de 1910, cuando el deportista y miembro de la aristocracia porfiriana Alberto Braniff Ricard logró elevar durante varios minutos su avión Voisin y recorrer unos 500 metros en los llanos de Balbuena, en la Ciudad de México. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas empezó a incorporar la aeronáutica a sus responsabilidades en los años siguientes.
EL TELÉGRAFO, AHORA SIN HILOS
El avance de las comunicaciones alcanzó también un nuevo territorio: el aire. El 19 de abril de 1903, la revista El Mundo Ilustrado dio cuenta de la instalación de dos oficinas de telegrafía inalámbrica, una en Cabo Haro, cerca de Guaymas, Sonora, y otra en Santa Rosalía, Baja California. Bajo la supervisión del ingeniero Leandro Fernández y con la dirección técnica del ingeniero Camilo A. González, las estaciones demostraron que era posible comunicar con rapidez regiones apartadas que carecían de líneas telegráficas convencionales.¹⁰
Oficina telegráfica con su par de antenas en Santa Rosalía, Baja California, y su interior. El Mundo Ilustrado 1903.
La telegrafía sin hilos abría una nueva etapa para las comunicaciones mexicanas y, al mismo tiempo, ofrecía posibilidades estratégicas para el ámbito militar. Durante la gestión de Fernández Imaz, la red telegráfica federal alcanzó 62,412 kilómetros de líneas y poco más de tres millones de telegramas despachados, muestra de la dimensión que había adquirido este servicio.
El teléfono también extendió su presencia. En 1903, la Secretaría otorgó a José Sitzenstatter una concesión por treinta años para explotar el servicio telefónico en la Ciudad de México y sus alrededores; dos años después, la concesión pasó a la empresa sueca L. M. Ericsson, que se convertiría en competidora de la Compañía Telefónica Mexicana.¹¹ Para 1911, el país contaba ya con unos 12 mil aparatos telefónicos.
Diligencia del servicio de Correos en el estado de Hidalgo. Museo Postal
El correo, por su parte, consolidó una red nacional cada vez más amplia. De las 2,254 oficinas postales existentes en 1903 se pasó, al final del porfiriato, a 2,843 oficinas, mientras que la circulación postal alcanzó 108 millones de piezas. A ello se sumaron los convenios internacionales para el intercambio de correspondencia, bultos y giros postales con países de América, Europa y Asia.¹²
Las cifras permiten apreciar la magnitud de la transformación: durante los últimos años del régimen, el correo, el telégrafo y el teléfono habían dejado de ser servicios limitados a determinados sectores o regiones y comenzaban a constituir una red nacional de comunicaciones, acorde con el proceso de modernización que caracterizó la gestión de Leandro Fernández Imaz.
DEL PALACIO DE CORREOS A LAS OBRAS DEL CENTENARIO
Entre las obras públicas que marcaron la gestión de Leandro Fernández Imaz destacan algunas que dejarían una huella perdurable en la capital del país. Una de las primeras fue el Hospital General, cuya construcción respondía a la preocupación del gobierno por mejorar las condiciones de salud de la población. Su importancia quedó resumida en la descripción de la época:
“En México donde la insalubridad es famosa, se hacía particularmente indispensable una institución de la índole de ésta, y es posible afirmar que, gracias a ella, a las magnas obras del desagüe y a la reciente provisión de aguas potables de que se ha surtido a la ciudad, México se halla ahora en condiciones de que, con el tiempo y el auxilio de la cultura popular, su salubridad llegue a hacerse igualmente célebre.”¹³
Sobre una superficie de 124,692 metros cuadrados se levantaron 32 pabellones para enfermos infecciosos y no infecciosos, además de edificios administrativos y de servicios, hasta sumar 49 inmuebles, con capacidad para entre 800 y mil pacientes. El proyecto estuvo a cargo de los ingenieros Roberto Gayol y Manuel Robledo Guerra, mientras que el doctor Eduardo Liceaga dirigió la parte médica. El Hospital fue inaugurado el 5 de febrero de 1905 por el presidente Porfirio Díaz, acompañado por el secretario Fernández Imaz.
Vista general y pabellones del Hospital General. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia.
La magnitud de la obra llamó también la atención de los escritores. Amado Nervo le dedicó una oda al nosocomio, considerado entonces el primero de América por sus instalaciones:
Amigo mío desheredado,
hermano mío desconsolado:
Ya tienes casa, ya tienes pan (…)
La vida es dura; más aún existe quien al enfermo refugio da,
y a los desnudos arropa y viste (…)
Hoy se inaugura tu noble y raro Alcázar; míralo: ¡es para ti!
Tendrás un lecho, calor, amparo, afectos, aire puro, sol claro… ¡Qué bien se debe vivir aquí!
Casi dos años después, el 17 de febrero de 1907, Fernández Imaz acompañó nuevamente al presidente Díaz, esta vez a la inauguración del Palacio Postal o Quinta Casa de Correos, obra en cuya realización tuvo una intervención destacada desde la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. El edificio, proyectado por el arquitecto italiano Adamo Boari y construido por el ingeniero Gonzalo Garita, fue concebido como una de las grandes expresiones arquitectónicas de la modernización porfiriana.
Majestuosa resultó ser la construcción del palacio de Correos. El Mundo Ilustrado. Señorial escalera resalta los interiores de la Quinta Casa de Correos. Reproducción autorizada por el INAH.
La ceremonia reunió a funcionarios, diplomáticos y representantes de la vida pública. En ella participaron la orquesta del Conservatorio Nacional de Música y el autor del proyecto, mientras que Fernández Imaz y el director general de Correos, Norberto Domínguez, depositaron en los buzones las tarjetas conmemorativas de la inauguración, ilustradas por el artista Leandro Izaguirre.¹⁴ El nuevo Palacio Postal no sólo daba una sede monumental a un servicio en plena expansión: se convertía también en uno de los edificios emblemáticos de la ciudad.
SALUD Y CIENCIA PARA EL CENTENARIO
Pabellón de Servicios Generales en el Manicomio General de la Castañeda. Reproducción autorizada por el INAH.
En 1910, la Secretaría participó en el amplio programa de obras y celebraciones preparado para el Centenario de la Independencia. Entre ellas destacó el Manicomio General de La Castañeda, cuya inauguración, el 1 de septiembre, abrió oficialmente las festividades.
Vista de los pabellones del Manicomio General de La Castañeda. Reproducción autorizada por el INAH.
Fernández Imaz formó parte de la comitiva que acompañó a Porfirio Díaz hasta la antigua hacienda de La Castañeda, cercana a Mixcoac. El conjunto ocupaba 141,622 metros cuadrados y estaba integrado por 28 pabellones rodeados de jardines, destinados a hombres y mujeres con distintas condiciones: enfermos tranquilos, peligrosos, epilépticos y alcohólicos. Contaba además con talleres, establos y habitaciones para sus cuidadores. La amplitud y especialización de sus instalaciones reflejaban el interés que durante el porfiriato comenzó a concederse tanto a la atención de los enfermos mentales como a la formación médica en el campo de la psiquiatría.¹⁵
LOS MONUMENTOS DEL CENTENARIO
Entre las obras que dieron una imagen monumental a las fiestas de 1910 sobresalieron el Hemiciclo a Juárez y la Columna de la Independencia.
Ceremonia de inauguración del Hemiciclo a Juárez. El presidente don Porfirio Díaz en el acto oficial. Reproducción autorizada por el INAH.
El Hemiciclo fue inaugurado el 18 de septiembre de 1910 en la Alameda. Diseñado por el arquitecto Guillermo de Heredia, su composición de mármol blanco, columnas dóricas y conjunto escultórico convirtió el monumento dedicado a Benito Juárez en uno de los espacios más representativos de la ciudad. Las esculturas centrales fueron realizadas en Italia por el artista Lazzaroni.
Majestuosa columna de la Independencia, símbolo de la capital del país. Crónica Gráfica de la Ciudad de México en el Centenario de la Independencia
Dos días antes, el 16 de septiembre, se había inaugurado la Columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma. Aunque desde 1895 existía la intención de levantar allí un monumento a los héroes de la Independencia, el proyecto definitivo correspondió al arquitecto Antonio Rivas Mercado. La obra, coronada por la Victoria alada, estaba destinada a convertirse no sólo en símbolo de la capital, sino en uno de los principales emblemas del país.
El presidente Porfirio Díaz abandona el monumento a la Independencia después de inaugurarlo. Reproducción autorizada por el INAH.
Detrás de su apariencia monumental hubo, sin embargo, un desafío menos visible: el suelo de la Ciudad de México. Rivas Mercado destacó durante la inauguración los esfuerzos realizados para vencer los problemas de hundimiento y cimentación, y la colaboración de los ingenieros Guillermo Beltrán y Puga y Gonzalo Garita. El escultor Enrique Alciati se encargó de las piezas que ornamentaron el monumento.¹⁶
La prensa de aquellos días celebró la obra por su carácter moderno y, al mismo tiempo, clásico, destacando que su diseño no pertenecía estrictamente a una época arquitectónica determinada. Más allá de sus formas, la columna buscaba perpetuar la memoria de la lucha de Independencia y de quienes participaron en ella.¹⁷
No todas las obras proyectadas para el Centenario pudieron concluirse. Entre ellas se encontraba el Teatro Nacional, hoy Palacio de Bellas Artes, cuya construcción había comenzado en 1904 y que en 1910 mostraba ya buena parte de sus fachadas de mármol y la estructura metálica de su cúpula.
Fachada principal del palacio Legislativo, proyecto del Arq. Emile Bènard. El Mundo Ilustrado junio, 1903.
Algo similar ocurrió con el Palacio Legislativo. El proyecto, encargado en 1903 al arquitecto francés Émile Bénard, contemplaba un edificio monumental de estilo neoclásico, con mármoles, granitos, águilas de bronce y una gran Sala de Pasos Perdidos. La obra no pudo terminarse para el Centenario; sin embargo, el presidente Díaz aprovechó su estructura inconclusa para realizar allí, el 23 de septiembre de 1910, una ceremonia simbólica en la que colocó la primera piedra del edificio.¹⁸
La Revolución interrumpió definitivamente aquel proyecto. Décadas después, su estructura serviría de base para otro monumento: el Monumento a la Revolución.
Las obras realizadas durante aquellos años permiten comprender la dimensión de la transformación urbana que acompañó al porfiriato. Hospitales, oficinas, palacios, monumentos, avenidas, parques, sistemas de agua y drenaje modificaron el rostro de la capital. En buena parte de ellas estuvo presente, desde la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, el ingeniero Leandro Fernández Imaz, cuya gestión coincidió con los últimos años de esplendor de aquel ambicioso proyecto de modernización.
CASA PROPIA PARA LA SCOP
Proyecto de edificio para la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Arq. Silvio Contri. El Mundo Ilustrado mayo 3, 1903.
Una de las obras más significativas impulsadas durante la gestión de Fernández Imaz fue la construcción de una sede propia para la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, cuyas oficinas en la antigua Ex Aduana habían quedado insuficientes ante el crecimiento de sus actividades. El primer proyecto, encargado al arquitecto italiano Silvio Contri en 1901, contemplaba levantar el edificio en la plaza de la República, frente al sitio destinado al Palacio Legislativo. Al año siguiente se decidió aprovechar el terreno que ocupaba el antiguo Hospital de San Andrés, en la calle de San Andrés —hoy Tacuba—, por su ubicación privilegiada en el centro de la ciudad. El nuevo proyecto incorporó, además de las oficinas de la Secretaría, los departamentos de la Dirección General y la Oficina Central de Telégrafos.¹⁹
El edificio se levantó sobre un terreno rectangular de 82 por 57 metros, remetido 39 metros de la calle para formar una plaza frontal que le diera perspectiva y realce frente a su vecino, el Palacio de Minería. De estilo renacentista italiano, sus cuatro fachadas fueron revestidas con 1,500 metros cúbicos de piedra basáltica gris procedente de Xaltocan, Tlaxcala. La fachada principal reunía columnas jónicas, arcos de medio punto, herrería artística, mascarones de leones y cartelas de inspiración francesa; en lo alto del cuerpo central quedó inscrito el nombre de la Secretaría. En el interior destacaba la monumental escalera principal, formada por dos rampas semicirculares que convergían en una tercera recta, con estructura de acero, peraltes de hierro fundido, barandales y pasamanos de bronce y faroles ornamentales. Su costo fue de 45 mil pesos.²⁰
El último palacio porfiriano dio cabida a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, 1911. Reproducción autorizada por el INAH.
La decoración integral estuvo a cargo del artista italiano Carlo Coppedé y sus hijos Mariano, Carlo, Gino y Adolfo, representantes de la Fonderie del Pignone de Florencia, quienes trabajaron la herrería, los estucados, las pinturas y el mobiliario, con un costo de 419,952 pesos. Los espacios interiores, amplios, ventilados e iluminados, fueron distribuidos para alojar las distintas dependencias: en los dos primeros pisos se instalaron la Dirección General y la Oficina Central de Telégrafos, junto con la Comisión Hidrográfica, la Comisión Revisora de Tarifas de Ferrocarriles y la Contaduría y Pagaduría; el tercer piso quedó destinado a las demás oficinas. El mobiliario fue suministrado por las casas Mosler y El Palacio de Hierro, mientras que la Art Metal Construction Company instaló los archiveros metálicos.²¹
Señorial escalera distingue al palacio de Comunicaciones desde su creación. Reproducción autorizada por el INAH.
Considerado uno de los últimos grandes palacios del porfiriato, el edificio sintetizaba en su arquitectura la importancia que habían adquirido las comunicaciones y las obras públicas. La Revolución, iniciada en noviembre de 1910, impidió su inauguración solemne; comenzó a funcionar en mayo de 1911 y los últimos trabajos continuaron hasta mediados de 1912. Después de alojar al Archivo General de la Nación entre 1973 y 1982, el inmueble se convirtió en el Museo Nacional de Arte, conservando hasta nuestros días la huella de aquella Secretaría que Fernández Imaz contribuyó a consolidar.
ÚLTIMAS OBRAS DE LA SCOP EN EL PORFIRIATO
Durante sus poco más de ocho años al frente de la Secretaría, Fernández Imaz acompañó al presidente Díaz en la inauguración de numerosas obras, entre ellas el nuevo Rastro de la Ciudad de México y el monumento al doctor Manuel Carmona y Valle. También representó al presidente en algunos actos oficiales, como la llegada del ferrocarril de Monterrey al Golfo de México, ocasión en la que conoció de cerca los avances de la industria regiomontana.
Al centro del grupo, el Ing. Leandro Fernández y el General Bernardo Reyes en las afueras de la Cervecería Cuauhtémoc. El Mundo Ilustrado, 1905.
Estos recorridos le permitieron constatar que la transformación material del porfiriato no se concentraba únicamente en la capital. En sus visitas a Yucatán, Monterrey y otras regiones del país pudo observar el crecimiento de las comunicaciones, la industria y las obras públicas que desde su despacho había contribuido a impulsar. La gestión de Fernández Imaz llegó a su fin prácticamente al mismo tiempo que el régimen al que había servido: su obra quedó como uno de los últimos testimonios materiales de la modernización porfiriana, justo cuando los acontecimientos de 1910 anunciaban el final de una época.
UNA OBRA AL SERVICIO DEL PAÍS
Durante poco más de ocho años, el ingeniero Leandro Fernández Imaz estuvo al frente de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, periodo en el que las comunicaciones mexicanas alcanzaron una dimensión hasta entonces desconocida. A su gestión correspondió acompañar la transformación de los ferrocarriles en un sistema cada vez más integrado, la apertura de la vía transístmica del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec y la creación de Ferrocarriles Nacionales de México. También supervisó la introducción de la telegrafía inalámbrica, el crecimiento de las redes telefónicas y postales y la construcción de edificios que todavía forman parte de la memoria arquitectónica de la capital. El Hospital General, el Manicomio de La Castañeda, el Palacio de Correos, el Hemiciclo a Juárez, la Columna de la Independencia y, de manera especial, el monumental edificio destinado a la propia Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, quedaron vinculados a los años en que estuvo al frente del despacho.
Don Porfirio Díaz y su gabinete presidencial. El Ing. Leandro Fernández aparece sentado a la extrema derecha. Reproducción autorizada por el INAH
Fernández Imaz dejó la Secretaría el 24 de marzo de 1911, cuando el país atravesaba ya la profunda transformación política iniciada meses antes. Su salida coincidió con el final de una etapa histórica, pero no borró la dimensión de una labor desarrollada durante ocho años y dos meses en uno de los ramos estratégicos para el desarrollo nacional. Su trayectoria permite apreciar cómo, detrás de las grandes obras que suelen asociarse al porfiriato, existieron funcionarios y especialistas que hicieron posible su planeación, ejecución y funcionamiento.
El ingeniero continuó su vida en la Ciudad de México durante los años de transformación que siguieron. Falleció en 1921, a los 70 años, después de haber sido protagonista y testigo de una de las etapas de mayor transformación material de México.